La pérdida de alimentos en la producción y el desperdicio en el consumo generan un impacto ambiental que va más allá de la comida que termina en la basura. El investigador de la Universidad de O’Higgins, Cristian Hernández, explica sus diferencias y plantea medidas para reducirlos en toda la cadena alimentaria.
La pérdida y el desperdicio de alimentos no son lo mismo, aunque suelen confundirse. Distinguirlos permite identificar dónde se generan, qué recursos se desaprovechan y qué medidas pueden ayudar a reducir su impacto ambiental.
Así lo explica Cristian Hernández, investigador postdoctoral del Instituto de Ciencias Agroalimentarias, Animales y Ambientales (ICA3) de la Universidad de O’Higgins (UOH), quien trabaja en agronomía y valorización de residuos.
Según la definición de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA), la pérdida ocurre durante la producción, poscosecha, almacenamiento y procesamiento, antes de la venta minorista. El desperdicio, en cambio, se produce en las etapas finales de la cadena y está relacionado con las decisiones de comercios, servicios de alimentación y consumidores.
“Distinguir esta diferencia permite determinar en qué lugar de la cadena intervenir, qué fenómeno abordar, qué tecnología aplicar y qué indicador utilizar para medir el resultado”, explica Hernández.
Pérdidas de alimentos: un problema difícil de medir en Chile
En Chile, pese a su condición de país agrícola y exportador, todavía no existen datos concretos que permitan establecer en qué etapa de la cadena se concentra la mayor cantidad de pérdidas de alimentos.
ODEPA ha señalado que medirlas directamente en el campo es complejo, ya que los resultados dependen del producto, la región, la época del año y los precios.
Actualmente, la Comisión Nacional para la Prevención y Reducción de las Pérdidas y Desperdicio de Alimentos trabaja en una metodología común para calcular el Índice de Pérdidas de Alimentos (IPA).
Pese a la falta de cifras nacionales, existen etapas críticas identificadas, como la producción y cosecha, la poscosecha, el embalaje, el almacenamiento, el procesamiento y el transporte.
Hernández advierte que una parte importante de las pérdidas se produce porque los alimentos no cumplen con las condiciones comerciales exigidas, como el tamaño, el color o la forma, pese a que todavía pueden tener valor alimentario.
El impacto de los alimentos que no se consumen
La pérdida y el desperdicio de alimentos también tienen consecuencias sobre los recursos naturales, especialmente en un escenario marcado por la sequía y el cambio climático.
De acuerdo con las cifras citadas por el investigador, cerca del 70% del agua dulce se utiliza para producir alimentos y alrededor del 20% de ese volumen se destina a productos que terminan perdiéndose o desperdiciándose.
A esto se suma el uso de suelo y energía para producir alimentos que finalmente no llegan a consumirse.
“Aunque no hay datos oficiales para Chile, la FAO estima que el 28% del suelo agrícola a nivel mundial se usa para producir alimentos que no se consumen”, señala Hernández.
El investigador agrega que estos alimentos representan cerca del 38% del consumo energético total del sistema alimentario mundial y generan entre el 8% y el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Cómo pueden contribuir las universidades a reducir las pérdidas
La investigación universitaria puede aportar tanto a la prevención de las pérdidas como a la valorización de los alimentos que ya no pueden comercializarse.
Entre las alternativas se encuentran el desarrollo de sistemas de conservación poscosecha, envases que prolonguen la vida útil y herramientas para predecir la cosecha.
También se puede trabajar en la transformación de descartes, cáscaras, semillas y pulpas en nuevos alimentos, ingredientes, alimentación animal o compost, según sus condiciones de inocuidad y composición.
“La investigación universitaria no debería concentrarse solo en qué hacer con el residuo, sino también en evitar que se genere”, sostiene Hernández.
El académico también destaca la importancia de transferir conocimientos a productores y empresas mediante capacitación, asistencia técnica y parcelas demostrativas, además de formar profesionales en áreas como agronomía, ingeniería en alimentos, ingeniería ambiental y nutrición.
Qué pueden hacer productores, empresas y consumidores
La reducción de las pérdidas y el desperdicio requiere acciones en todas las etapas de la cadena alimentaria.
Los productores pueden registrar cuánto se produce, cuánto queda sin cosechar y cuáles son las causas, además de mejorar las prácticas de cosecha y la planificación comercial.
Las empresas, en tanto, pueden medir sus pérdidas internas, mejorar la gestión de inventarios y los pronósticos, redistribuir excedentes y establecer alianzas con universidades para desarrollar proyectos de investigación e innovación.
En los hogares, la planificación de las compras y las comidas, la correcta conservación de los alimentos y el aprovechamiento de frutas y hortalizas imperfectas son algunas de las medidas que pueden ayudar a reducir el desperdicio.
Estas acciones, plantea Hernández, permiten abordar el problema desde su origen y aprovechar mejor los recursos utilizados para producir los alimentos.


