
El derecho a la ciudad no es sólo un derecho de acceder a lo que ya existe, sino el derecho a cambiarlo según lo que nuestro corazón desee.
David Harvey.
Cuando hablamos de ciudad, debemos superar la idea de que sólo se trata de edificios, casas o de calles con sus baches. Una ciudad actualmente se tiene que entender como un constructo vivo y en movimiento, como una manifestación tangible de nuestras aspiraciones colectivas, conflictos sociales y sueños individuales. Pensar la ciudad es reflexionar sobre el espacio que habitamos y cómo lo hacemos, pero también, sobre cómo ese espacio moldea nuestras relaciones, nuestras identidades y nuestro futuro. La urbe es, además, una expresión de quiénes somos, de nuestra identidad local y de nuestro trato con la dignidad con nosotros mismos y con el otro.
Desde los primeros asentamientos humanos, las ciudades han sido un espejo de las ideas políticas, filosóficas y culturales de su época. El mismo Platón en su obra “La República”, nos decía que ésta se tiene que comprender como un modelo a través del cual se organiza la justicia y la convivencia del ser humano, donde existiera idealmente, una armonía entre las clases sociales y sus propias responsabilidades dentro de ella, eso sí, excluyendo a ciertos individuos como los tiranos, los sofistas, los que no sabían razonar y aquellos que desarrollaban la poesía. Ahora bien, dentro de la historia occidental, es importante situarse en el entendimiento de que las ciudades son expresiones de poder, de gobernabilidad, de progreso, pero también, de inequidad, de sufrimiento, de injusticia. En ellas, se unen los ideales de los gobernantes con los requerimientos de los que son dueños del capital y sus necesidades del momento y, por tanto, la planificación urbana respondería sólo a algunos y no a todos los ciudadanos. El espacio no es neutral, sino un producto de relaciones de poder donde no todos son invitados a pertenecer.
Resulta transcendental concebir que las ciudades se pueden leer y comunican mucho de lo que están hechas, no sólo hablan de lo material, sino más bien, del trasfondo que la sustentan como lo que son. Así, por ejemplo, si tenemos una urbe que prioriza las autopistas sobre los espacios verdes, nos está diciendo a quiénes desea favorecer y dónde está su norte. A partir de aquello, es necesario evidenciar que no existe una neutralidad en la planificación urbana, que no es una política única que debe ser continuada, sino que rinde pleitesía a quien tenga el poder político de turno. Si bien en nuestro país existen directrices y limitantes que se alojan en los planos reguladores de las comunas, esto no impide que, quien tenga la potestad administrativa de la ciudad, pueda aportar a su desarrollo u obstaculizarlo, hipotecando el bienestar de los habitantes de ese instante, y además, de las siguientes generaciones.
En la actualidad, pensar la ciudad pareciera ser revolucionario y al mismo tiempo, algo esperanzador. Lo primero, porque significa ir contra la lógica de mirarla desde el afuera como alguien que no participa de un juego y está en la banca, como si no le perteneciera ni la ciudad ni pensarla. Lo segundo, porque el sentirse parte de ésta, es una invitación a apropiarse de la capacidad de incidir en la planificación y construcción de nuestro espacio común. La participación ciudadana, el crear grupos civiles con personalidad jurídica para postular a proyectos, el elevar las peticiones a través de las juntas de vecinos, entre otras, son formas correctas de la responsabilidad que tenemos todos de hacer de la ciudad, algo como la queremos. El «derecho a la ciudad», propuesto por el filósofo Henri Lefebvre y desarrollado posteriormente por el geógrafo David Harvey, no se limita al acceso físico a los espacios urbanos, sino que incluye la capacidad de participar en la toma de decisiones sobre cómo se diseñan y gestionan esos espacios. En otras palabras, la ciudad debe ser un lugar de democracia radical, donde todos los ciudadanos tengamos voz en su edificación colectiva.
Las ciudades no deben ser plasmadas solamente en los planos dameros, pues, asimismo, en sus raíces es inexcusable la idea de que sean concebidas desde abajo, desde el lugar mismo, contemplado las frustraciones y anhelos de los habitantes y desde allí, con una mirada prospectiva, añorar una ciudad digna, que permita la vida en comunidad y que esté acorde a las necesidades medioambientales y a los desafíos de sostenibilidad que nos exige el mundo de hoy.
Por Angel Morales Espinoza
Profesor de Filosofía y Data Scientist
Centro de Estudios y Reflexión San Fernando
ceasfdo@gmail.com



